(Documento elaborado por Tomás Escudero)
Desde el Colectivo de Profesores vemos con gran preocupación el progresivo aumento del denominado fracaso universitario en sus distintas facetas y formas. El alto índice de abandono de determinados estudios, la no presentación a exámenes, la repetición de cursos y asignaturas, el absentismo escolar, la pasividad del alumnado, etc. son razones más que suficientes para que nos planteemos como objetivo prioritario la regeneración y mejora de nuestra acción docente y la del conjunto de profesores de nuestra Universidad.
Somos perfectamente conscientes de que la etiología de estos problemas es muy diversa y compleja y de que, en gran medida, su solución está fuera de nuestra responsabilidad y actuación directas, pero ello no nos exime de la obligación de corregir los que sí son nuestros defectos.
Los problemas generales que acucian a la universidad occidental, parecen agudizarse en el caso de la universidad española, tras un período de alrededor de veinte años de extraordinario crecimiento,en el que se ha multiplicado por tres el número de nuestros universitarios, elevando la tasa de escolarización a los niveles más altos de la Europa comunitaria.
Este modelo expansivo de la educación superior parece haber tocado fondo, coincidiendo con un momento de crisis económica en el sistema, con grandes problemas de empleo para los nuevos titulados y con una ampliación y reforma de titulaciones bastante incipientes.
Estas razones estructurales se unen a una dinámica social tendente a no valorar en sus justos términos, el esfuerzo continuado que no produce rendimientos inmediatos. El contexto social y el macroambiente universitario no son ciertamente estimulantes, más bien favorecen el desánimo, la deserción y el "pasotismo" de los universitarios.
Lógicamente, también, las normas de regulación del acceso, permanencia, ordenación de exámenes, etc., deben ser revisados y reformados en algunos puntos concretos. Sin embargo, la influencia de este apartado , a menudo de responsabilidad ministerial, no debe ser magnificada, puesto que los problemas se reproducen en universidades con distintas normas reguladoras y, además, sabemos que muchos de los problemas de fracaso más acusado se ubican en estudios donde no existe el más mínimo problema de elecciones obligadas, por la aplicación de la limitación de plazas. En todo caso, ésta es otra faceta donde se debe promover la actualización y mejora, manteniendo siempre los obligados niveles de flexibilidad y atención diferenciada y potenciando, sobre todo, los procesos de autorregulación por parte de los estudiantes.
Nuestra responsabilidad más directa se centra en los terrenos del diseño curricular, el apoyo a la docencia y la metodología didáctica. El nivel de las enseñanzas, los contenidos, los centros de interés, la secuenciación, el ajuste a los intereses de los alumnos, la orientación para el estudio, las tutorías, los estímulos y recursos didácticos, etc., sí que están bajo la responsabilidad directa del profesorado, de sus planteamientos y de su actuación docente. En todos estos aspectos, los profesores podemos introducir cambios que mejoren el panorama docente y disminuyan los actuales niveles de fracaso universitario.
Sin embargo , debemos partir de algo constatado empíricamente en nuestra Universidad, esto es, el hecho de que el fracaso universitario es cualitativa y cuantitativamente muy diverso según unas carreras y otras. Por lo tanto, las soluciones y las reformas deberán ser diferenciadas.
En algunas de nuestras carreras existen problemas claros de equilibrio y ajuste de niveles, en otras falta de adecuación a los intereses profesionales de los alumnos, en algunas se acentúa el efecto de elecciones forzosas, y en casi todas existen aspectos típicamente didácticos que se deben revisar y modificar.
Sin ningún género de duda, la enseñanza universitaria y nuestra actuación docente son claramente mejorables y hacia estos objetivos debemos dedicar el máximo esfuerzo.
En esta tarea, el gobierno universitario y el de los centros tienen su tasa de responsabilidad, sobre todo en lo referente a tareas de control, coordinación y adquisición de recursos didácticos. Sin embargo, las unidades celulares de este proceso de renovación y mejora deben ser los departamentos universitarios, que es donde nos agrupamos los profesores de la misma área de conocimiento y donde la actual legislación ubica la más directa responsabilidad sobre la actividad docente e investigadora.
En los últimos años y como consecuencia lógica del desarrollo del modelo organizativo previsto por la Ley de Autonomía Universitaria, los departamentos han ido absorbiendo más y más recursos y dotaciones presupuestarias para actividades docentes, sin embargo, no parece que se hayan asumido en la misma medida las cuotas de responsabilidad corrrespondientes sobre el control, la evaluación y la mejora de la propia docencia.
Nuestra impresión es que los departamentos y los profesores no han tomado la necesaria actitud autocrítica sobre su propia docencia, para que esta se someta a una revisión y actualización sistemáticas. Se percibe una cierta posición de complacencia y de inercia que es muy negativa para regenerar la docencia, porque podría conducir a que algunos departamentos fueran más que un elemento de dinamización, un órgano intermedio con la casi exclusiva función de protejer la acción docente de sus profesores, del lógico control de los órganos de gobierno del centro y de la universidad.
Aunque se trate de casos muy aislados, no es admisible que pueda darse en nuestra Universidad algún ejemplo de absentismo docente, sin razones legales para ello, no sólo sin la obligada denuncia del departamento, sino con su connivencia y protección. El departamento es la instancia más responsable de que los profesores cumplamos con la primera de nuestras obligaciones, la de impartir docencia. Además , el departamento es el único lugar desde el que se puede mejorar de verdad la enseñanza. Si los departamentos no tienen una conducta positiva en este sentido, la innovación docente es algo utópico.
En el Colectivo de Profesores apostamos por esta dinamización departamental que parte desde la autocrítica y la autoexigencia. El objetivo perseguido no es la sanción de casos aislados de irresponsabilidad, sino la prevención contra ello y la mejora sistemática de nuestra enseñanza. En este sentido, pensamos que el gobierno universitario y el de los centro deben potenciar una política de apoyo en la innovación didáctica y a los departamentos que innoven y corrijan sus problemas, en paralelo con medidas que aseguren más altas cotas de responsabilidad en el control y evaluación de la docencia por parte de los consejos y de las direcciones de los departamentos.
En el terreno didáctico, no podemos seguir perdiendo el tren que hemos perdido en el proceso de reforma de los planes de estudio. El cambio en profundidad es necesario, como lo evidencia la realidad del fracaso universitario. Podemos no tener éxito con algunas de las reformas que intentamos, pero, en todo caso, nunca nos equivocaremos más de lo que lo estamos haciendo ahora.