JOHN K. GALBRAITH. “TENER Y NO TENER” Habida cuenta de que, si exceptuamos los Balcanes y las mŽas recŽonditas profundidades de Africa, el mundo estŽa en paz y la situaciŽon ecŽonomica general es razonablemente buena, el actual estado de descontento social y politico requiere una explicaciŽon. żPor quŽe en Estados Unidos, Gran Bretanna y Europa, y hasta en JapŽon, se manifiesta con tanta intensidad el desafecto? żPor quŽe hay tantas personas que se muestran elocuentemente descontentas, sobre todo con la forma en que se las gobierna? Si nos encontrŽasemos sumidos en una crisis econŽomica o, en el caso de Estados Unidos, luchando contra algo tan palpablemente insensato como la guerra de Vietnam, serŽia sencillo hallarle explicaciŽon. En estos momentos no nos aflige ningunade esas cuestiones- żA quŽe obedece, pues, el descontento? Sin duda, el mal humor proviene, en parte, de haber dejado atrŽas las tensiones de la guerra frŽia. Ahora disponemos de tiempo y de espacio para percibir lascontrariedades mŽas rutinarias de la vida cotidiana. Respeto las opiniones de mis amigos de orientaciŽon psiquiŽatrica; sin duda,ofrecen parte de la explicaciŽon. Sin embargo, estoy convencido de que tiene que haber algo mŽas. Volvemos, como siempre, al determinismo econŽomico. El problema proviene de la nueva estructura de clases existente en los paŽises econŽomicamente afortunados, en especial en lo que se refiere al Estado. Antiguamente estaban el capital y los obreros, los capitalistas y la masa trabajadora, quedando incluidos en ambas partes, en distinto grado, los agricultores y los restos de los intereses de los terratenientes y aristŽocratas. El control por parte del Gobierno era esencial en ese contexto. ServŽia a los intereses econŽomicos y los protegŽia o bien era el instrumento con que se frenaban, humanizaban o, en casos extremos, se anulaban. El Estado era protector de quienes tenŽian posesiones; su autoridad era el deseo de los desposeŽidos. La actual divisiŽon de clases no se establece entre capitalistas y obreros sino entre el enorme nŽumero de trabajadores bien pagados y quienes luchan por sobrevivir; entre quienes no podrian sobrevivir sin la ayuda del Estado y quienes, a cambio de posesiones generalmente menos amplias, se dedican a los servicios y trabajos manuales. En la prŽactica y en un grado considerable, los abundantes pobres que carecen de dinero y de voz quedan polŽiticamente al margen. En Estados Unidos, que es, en estos momentos, el caso mŽas claro, tenemos un sistema de tres clases: los ricos, la clase media y los pobres. Pero segŽun casi todas las expresiones populares y de los medios de comunicaciŽon existe tan sŽolo una clase, la clase media, a la que se suele denominar, con cierta exageraciŽon, la esforzada clase media. Tampoco se hace referencla a una clase baja, pues resultaria socialmente indecoroso. AsŽi pues, nos encontramos ante una maravilla aritmŽetica: un sistema de tres clases formado Žunicamente por una clase. De todo ello proviene gran parte de la actual desazŽon. Tenemos, en los paises afortunados, un electorado dominado por personas relativamente afortunadas. y de ahŽi ha surgido esa visiŽon tan cambiada del Estado, del Gobierno, si la comparamos con la Žepoca de la antigua lucha de clases. Las personas ricas y acomodadas no lo necesitan para apuntalar su poder y su bienestar, como les ocurrŽia a los capitalistas a la antigua usanza. Muchos de sus servicios -la vivienda, la educaciŽonde los jŽovenes, el recreo, los libros y las bibliotecas e incluso la vigilancia y la protecciŽon personal en las ciudades- pueden costeŽarselos ellas mismas. Los impuestos son ahora la gran amenaza omnipresente. Pero aŽun hay mŽas. Las funciones del Gobierno se han venido ajustando en la actitud popular de tal modo que las dedicadas a favorecer a la clase inferior han llegado a considerarse como un papel especialmente opresivo. Las funciones y servicios del Gobierno dirigidas a la gente acomodada no suponen carga alguna, segŽun la definiciŽon aceptada; en cambio, las que favorecen a la clase baja socialmente invisibleconstituyen una grave carga-. Asi,en nuestro caso, el gasto destinado a defensa, aunque sigue en los niveles de la guerra frŽia, no supone una carga. La Seguridad Social -las pensiones para jubilados y ancianos--no supone una carga. Es un servicio importante para las personas cŽomodamente situadas. Las subvenciones y otros ingresos complementarios para los agricultores no suponen una carga, pese a que en Estados Unidos haya perceptores rurales que disfrutan actualmente de ingresos anuales de 100.000 dŽolares o mŽas. Los gastos del Gobierno sŽolo se convierten en cargas cuando favorecen a la clase baja anŽonima. La asistencia mŽedica a la poblacion pobre de las ciudades, las viviendas pŽublicas para personas que de otro modo carecerian de un techo y, sobre todo, la red de seguridad de las pensiones, incluidas las otorgadas a las madres jŽovenes y a sus hijos, constituyen pesadas cargas. Lo tenemos clarisimo: una carga es carga cuando favorece a los menos afortunados y a los pobres. Se han producido tambiŽen otros dos cambios, estrechamente relacionados y muy importantes, que afectan a las actitudes de hoy en dŽia y que provocan el actual descontento. El primero es que, eb epoca reciente, hemos presenciiado un notable cambio de la opiniŽon pŽublica influyente, que de preocuparse por el estancamiento y el paro ha pasado a preocuparse por la inflaciŽon. Se trata de un cambio muy plausible, pero que aŽun muchos no han reconocido. Para la comunidad mŽas amplia y acomodada en el moderno bienestar, el paro no constituye una amenaza acuciante. Se trata de algo que padecen otros. Mucho mŽas doloroso resulta el que haya una importante y persistente tasa de inflaciŽon, pues devalŽua los ahorros y otros bienes monetarios y agota los salarios, las penslones y otros ingresos fijos o bastante fijos. Por consiguiente, en estos Žultimos tiempos un cierto Žindice mŽinimo, no necesariamente bajo, de paro que limite las reivindicaciones laborales se acoge como forma de garantizar la estabilidad de los precios. Hasta el estancamiento o una crisis modesta son preferibles a la inflaciŽon, aunque eso no se diga. El Gobierno y la actividad pŽublica en general se consideran una fuente de inflaciŽon. Esto resulta especialmente cierto en el caso de las actuaciones emprendidas para reducir el paro. Constituyen ese legado keynesiano que todavŽia se considera que impregna las actitudes pŽublicas y la oratoria. La segunda causa, algo mŽas sutil, del actual descontento es el reparto de las rentas o, mŽas bien, la percepcion que se tiene del mismo. Pese al crecimiento, entre modesto y bueno, experimentado por la economŽia en estos Žultimos annos, los ingresos de muchas personas de la clase comparativamente acomodada se han estancado o han disminuido. Algunas personas se han visto, ademŽas, perjudicadas por las reducciones de plantilla de las empresas, perdiendo asŽi su salario y hasta su puesto de trabajo. O, en cualquier caso, viven temiendo que asŽi sea. El hecho subyacente es la masiva redistribuciŽon de las rentas y la riqueza que pasan de los sec tores medios a los de mayores ingresos- En estos Žultimos annos los que mŽas ganan en Estados Unidos han experimentado un enorme aumento de renta y riqueza. En cambio, la clase media baja y, por supuesto, los pobres estŽan perdiendo terreno. En el sistema de mercado, como ahora se lo denomina por mor de la correcciŽon polŽitica (la palabra capitalismo estŽa pasada de moda), la gran manera de resolver las tensiones sociales consiste en aumentar los ingresos personales. Pero hay muchas personas que ya no los tienen. Con lo cual de nuevo se dirige la actitud adversa contra el Gobierno y los pobres, mientras que la adjudicaciŽon de recursos a los sectores de ingresos altos no recibe apenas crŽiticas. El actual descontento, como ya he sennalado suficientemente, se centra en el Gobierno. Para los pobres y sus amigos compasivos se trata de algo desafortunado, pues no existe otro instrumento que pueda protegerlos y mucho menos salvarlos. Pero debemos afrontarlo: el problema subyace en el fondo de la estructura social y polŽitica. Los empresarios capitalistas a la antigua usanza y sus aliados eran, numŽericamente, una minorŽia. Su esfuerzo social y su agresividad se dirigŽian contra las masas numŽericamente superiores. ExistŽia una fuerza limitadora. Ahora ya no. Es muy posible que los acomodados sean ya mayorŽia. Quienes dependen del apoyo del Estado en sus diversas formas y quienes comparten su necesidad de forma compasiva estŽan en minorŽia. Los escritos de este tipo deben procurar siempre tener un final feliz. Confio en que la gente compasiva se una a la clase baja para que se forme una actitud mejor respecto al gobiemo y las necesarias politicas y actuaciones sociales. Pero no estoy nada seguro de que vaya a ser asŽi. ---------------------- J.K. Galbraith es profesor de Economia de la Universidad de Harvard. EL MUNDO VIERNES 17 DE NOVIEMBRE DE 1995