80/EL MUNDO SABADO 3 DE FEBRERO DE 1996

ECONOMIA

TRIBUNA | JUAN FRANCISCO MARTIN SECO

Pleno empleo y reparto del trabajo

El mercado laboral

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E1 autor sostiene que una parte del aumento de la productividaddebería dedicarse a la reducción de iornada laboral como fórmula para el reparto del empleo

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Nos hemos acostumbrado a escuchar que el paro es la mayor lacra social. Sin duda alguna lo es. Lo es desde el punto de vista de la Justicia. Para una inmensa parte de la población, su empleo es, además de la única fuente de ingresos, el origen de casi todos sus derechos sociales y económicos. Carecer de un puesto de trabajo es quedar arrojado a la marginación no sólo en el presente, sino también con casi toda seguridad en el futuro. Y lo es incluso desde la óptica de la eficacia: constituye un enorme despilfarro mantener involuntariamente inactivas a grandes masas de población.

Cuando la mayoría de los políticos--o los portavoces del poder económico-- se refieren al paro como lacra social, le atribuyen un carácter de plaga bíblica, de catástrofe natural, de fatalidad, sitúan su causa más allá de nuestro control. Nada menos cierto. El desempleo, al menos en los países occidentales, antes que un fenómeno económico es el fruto de una decisión política. Su existencia depende del modelo social y económico por el que se opta desde el poder.

El pleno empleo no es ninguna utopía. Los países europeos lo han disfrutado a lo largo de muchos años, consecuencia de una política libremente decidida por las clases dirigentes y que desapareció tan pronto como se trastocó esa política. La mitad de la década de los setenta marca en casi todos los Estados el punto de inflexión. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, resulta imposible ver hoy en la subida del precio de la energía la causa de la crisis, como entonces se nos quiso hacer creer. La doctrina oficial casi siempre dispone de un comodín para ocultar la auténtica razón de las modificaciones sociales y económicas, que no es otra que el cambio en la correlación de fuerzas. Ahora el comodín que se maneja es la globalización de la economía, como si la mayoría de las economías occidentales no hubiesen gozado durante los años cincuenta y sesenta de importantes grados de apertura hacia el exterior

Oferta y demanda.--En un mundo sometido a las incertidumbres, y por lo tanto a expectativas variables y erróneas, el pleno empleo no está desde luego garantizado --como pretende hacernos creer el neoliberalismo económico-- por mucho que se dé total flexibilidad de precios y salarios; cosa por otra parte bastante difícil, por no decir imposible, de conseguir. La ley de Say no funciona. La oferta no crea necesariamente su demanda. Pero en un sistema de economía mixta donde la actuación pública influya decisivamente en la marcha de la economía, y donde la programación puede despejar en buena parte las incertidumbres y la aleatoriedad del mercado, con un reparto adecuado de la renta, la política económica puede hacer que la demanda sea suficiente para aproximarse a ese pleno empleo, como se ha demostrado palpablemente en la mayoría de los países europeos en los años cincuenta y sesenta. [[questiondown]]Qué es lo que cambia a mediados de los sesenta? Entre otras cosas, la distribución de la renta, el reparto de la tarta, a favor del capital y de los empresarios y en contra del trabajo. Ello es lo que deduce de forma meridianamente clara para la Europa de los Doce y para España en los gráficos. El perfil de las curvas sería similar para la mayoría de los países europeos.

Prescindiendo de las variaciones coyunturales y cíclicas, el paro se mantiene a niveles muy bajos prácticamente de pleno empleo mientras los costes laborales unitarios en términos reales (CLRU) son constantes o levemente crecientes (hasta mediados de los setenta), y empieza a aumentar tan pronto como éstos descienden. Los CLRU son tan sólo un cociente entre los salarios reales (SR) y la productividad del trabajo (PT). En tanto que los primeros crecen en igual o mayor cuantía que la segunda, los CLRU permanecen constantes o se incrementan, y la distribución de la renta nacional se mantiene también constante o se modifica a favor del trabajador. En el caso contrario, cuando los SR crecen menos que la PT, los CLRU disminuyen y el reparto de la renta se modifica a favor del capital y del beneficio empresarial.

Hoy se habla de paro tecnológico o estructural como consecuencia del fuerte incremento de la productividad. Pero el incremento de la productividad fue incluso mayor en los años sesenta y principios de los setenta y el paro no aumentó. [[questiondown]]Qué es lo que ha cambiado? Básicamente que los salarios reales han crecido en una proporción muy inferior a la de la productividad. Las políticas de ajuste han moderado el crecimiento salarial, mientras incrementaban sustancialmente --mediante elevados tipos de interés--las rentas de capital, redistribuyendo el producto en contra de los trabajadores- pero con ello se moderaba la demanda y el crecimiento económico, haciendo que éste fuese insuficiente para absorber el aumento de la productividad.

Cuando la teoría económica se centra únicamente en la oferta, y por lo tanto considera a los salarios sólo como parte del coste, olvida que aquéllos determinan también en gran medida el consumo y, con él, la demanda y el crecimiento económico. El paro no tiene por qué aumentar si la producción crece por término medio a un ritmo igual o superior al de la productividad. Prescindimos conscientemente, para no complicar el análisis, de las variaciones de la población activa. En todo caso, los argumentos aquí expuestos seguirían siendo sustancialmente válidos.

Orientación.-- El problema del paro carece de solución mientras

no se cambie la orientación de la política económica. Es más, mientras se rija por los parámetros actuales, hay que suponer que la distribución de la renta continuará evolucionando en contra del trabajo, y el nivel del paro seguirá creciendo. Desde esta perspectiva, la propuesta de repartir el empleo tal como la plantea Felipe González, dividiendo también el salario, no es más que la pretensión de distribuir entre los trabajadores cada vez más y más miseria. Si los aumentos de productividad se dirigen a incrementar el excedente empresarial, los trabajadores se verán obligados a repartirse una porción de la tarta cada vez menor. En el extremo --no hay que descartar que la tecnología y la técnica continúen produciendo aumentos espectaculares en la productividad de manera que el trabajo humano sea cada vez menos necesario--toda la produccion quedaría en manos del capital, excepto una pequeña porción a repartir entre los trabajadores.

Otra cosa muy distinta es que parte del incremento de productividad se destine a reducir la jornada laboral. Ello no implica que haya que aminorar también el salario, sino sólo que el porcentaje de crecimiento de los salarios reales sea inferior que el de la productividad, aplicándose la diferencia a la reducción de jornada. Concretamente, si nos fijamos en los gráficos, comprobamos que, desde mediados de los 70, los CLRU se han reducido en España y en Europa aproximadamente un 18%. Dicho de otra manera, que los salarios reales han crecido un 18% menos que la productividad. Hay margen, por tanto, para reducir a 35 horas la jornada laboral (12,5%), sin tener que disminuir por ello la retribución del trabajador. Los CLRU retornarían al nivel original, y también se corregirían, al menos en parte, las modificaciones acaecidas en la redistrihl]cibn de la renta.

Marco legal.-- Esta medida no es algo, desde luego, que pueda dejarse al albur de los convenios colectivos. Debe tener un carácter general, a través de una normativa legal tal como se ha hecho en otras épocas históricas e, incluso, hay que pensar que para ser efectiva habría de extenderse a toda Europa, aunque de ningún modo ello quiera decir que tenga que introducirse a la vez en todos los países, sería tanto como impedir que se llevase a efecto. Ninguno de los avances sociales de los que hoy disfrutamos habrían sido posibles si se hubiese pretendido que todos los países los aceptasen al tiempo. Sin embargo, cuando se comienzan aplicando a uno de ellos, antes o después, se extienden al resto.

No faltarán voces que afirmen que una medida como ésta es imposible de aplicar. A pesar de todo, sus argumentos no serán muy dispares de los empleados en otras épocas. El establecimiento legal de una jornada laboral más reducida, como toda medida macroeconómica, creará sin duda problemas de ajuste microeconómicos, y los efectos no serán, desde luego, homogéneos en todos los sectores ni en todos ellos se gene rará empleo en la misma proporción en que se ha reducido la jornada laboral, pero la adaptación se irá produciendo de manera espontánea y sin excesivos traumas, tanto más si desde el Gobierno se vigila el proceso con políticas sectoriales, siendo el efecto global sobre el empleo altamente positivo.

Los neoliberales suelen poner como ejemplo de creación de empleo a EEUU. Si algo está claro en el gráfico es que, a diferencia de Europa, los CLRU no se han reducido, dicho de otro modo, que los salarios reales han crecido al mismo ritmo que la productividad, sin que parte de este último incremento se lo haya apropiado el excedente empresarial. La explicación tal vez haya que buscarla en el bajo ritmo de crecimiento de la productividad del trabajo en la economía norteamericana, bajo ritmo de crecimiento en el que algo tiene que ver sin duda la proliferación de los empleos basura.

Los países europeos tendrán tal vez que escoger entre el modelo americano o el europeo de la postguerra. Lo que resulta bastante difícil de creer es que puedan seguir manteniendo los altos porcentajes de paro actuales. En cualquier caso, la opción será política y las consecuencias también.

Juan Francisco Martín Seco es economista y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO